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  Opinión Abierta
 
 

Alguien tiene las manos manchadas de sangre

por Analí Zvik

Miércoles 7 de julio a las cinco de la tarde, segundo piso, sala Dos del Anexo de la Cámara de Diputados.

Entre los diputados e invitados, dos ex jueces que juzgaron y condenaron a las juntas militares; una ex presa política; una nieta restituida; un ex metalúrgico y ex piquetero que apostó a la dignidad del trabajo y rechazó los planes que venían con la cooptación; un director de cine que en los ’70 se exilió en París; un ex gobernador de la provincia más grande; otro ex preso político y eterno representante de la “gloriosa JP” que debe andar por los 60; militantes de derechos humanos y de organizaciones sociales; y familiares de las víctimas de la represión policial en Bariloche, vale decir nuevas víctimas…

Griselda toma la palabra y en un tono suave pero firme, que conservará durante el transcurso de la reunión, agradece a todos su presencia. De allí en más, los testimonios de Carmen y Juan Carlos Curaqueo, madre y tío de Nicolás Carrasco (un adolescente); de Karina Riquelme, esposa de Sergio Cárdenas (que no había llegado a las 30); y de Mario Cayún (de unos veintipico), víctima también de la brutalidad y la perversidad policial, en este caso rionegrina.

Mario cuenta que bajó a hacer unas compras y que entró al Shopping para ir al baño. De ahí en más detalla casi obsesivamente cómo la policía lo tira al piso, lo golpea, le rompe un brazo y todo el horror que siguió hasta que lo liberaron. “Mi papá es policía”, cuenta que les dijo en algún momento a esos hombres totalmente cebados. Rescata un gesto solidario de una chica que cuando lo vio tirado en el piso del centro comercial le pidió que le dijera su nombre. Cuando le devolvieron sus pertenencias, le habían robado los trescientos pesos que llevaba.

Karina, con su voz chiquita, cuenta que Sergio se había pedido unos días en el trabajo, para mirar tranquilo los partidos del mundial, y que ese día decidieron ir a la casa de la hermana para hacerle compañía porque estaba sola y a pocas cuadras de la represión. Karina cuenta que fue a buscar a su hijo y que Sergio se acercó una cuadra para mirar qué estaba pasando. A Sergio lo mató una bala de plomo.

Carmen relata el último gesto que tuvo con su hijo Nicolás. Fue una cachetada, de impotencia, porque había salido de la casa sin permiso. Agrega que fue que cuando le avisaron que lo habían herido y que lo encontró en el piso, sangrando y que se le iban los ojitos. Lo mataron tres balas de plomo.

Ninguno de los tres participaba de la protesta. Pura casualidad porque podrían haber estado.

Y hoy tenemos nuevas víctimas, las de las sorderas institucionales del signo que sea.

Analí Zvik